Maradona el futbolista, Maradona el entrenador, Maradona el padre, Maradona el abuelo, Maradona la estrella. Diego Armando Maradona, un dios para muchos, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos para otros y un viejo drogadicto para algunos cuantos también, pero nunca alguien que pasara desapercibido. Diego siempre destacó, por lo bueno y lo malo, él nunca fue uno más. Un campeón mundial e ídolo universal.
Se la pasó dribleando y engañando con sus imprevisibles enganches a las consecuencias de sus vicios y a la muerte misma como si se tratasen de los ingleses en aquella inolvidable tarde de junio de 1986 en el estadio Azteca. Ahí minutos antes su mano le había servido para engañar al árbitro y abrir el marcador frente al rival más odiado, pero esa misma mano fue la encargada de abrirle las puertas a una vida llena de excesos que lo llevó a engañarse a sí mismo, haciéndolo perder poco a poco su juego más importante, el de la vida misma.
Quizás los últimos años no fueron los más felices para Maradona ni para sus hinchas más fervientes pues ver al ídolo perdido y más que absorbido por el consumo de drogas y las secuelas de ello, no era la imagen que los maradonianos querían tener a diario de su más idolatrada figura del fútbol y de la vida. Aún así sus fieles nunca lo dejaron caer solo y siempre estuvieron ahí para adorarlo y justificarlo sin importar su estado.
Un Diego balbuceante y que apenas hilaba palabras para expresarse en declaraciones post partidos se había convertido en la burla de muchos que ya no respetaban su legado futbolístico y en otros que lo empezaron a ver como un tipo más que no pudo salir de las drogas. Sin embargo, Diego Armando nunca se escondió, siempre puso la cara pese a no ser la mejor, su personalidad siempre segura y ganadora constantemente podía más pues al fin y al cabo él era Diego Armando Maradona, el ídolo.
Capaz que su último tiempo como entrenador de Gimnasia y Esgrima de La Plata fue ese último soplo de reivindicación que tuvo con su propia vida, esa a la que tantas veces descuidó y manchó. Aquella salud resquebrajada que nunca cuidó tanto como a su juguete favorito, la pelota, la inseparable compañera que él mismo declaró no haber manchado en aquella tarde de noviembre del 2001 en la Bombonera frente a una multitud que le imploraba a viva voz que no los dejara, que se quedara ahí, eterno junto a ellos.
Fueron tantas las veces que mataron falsamente a Maradona que esta última parecía una más de esas noticias maliciosas que simplemente pretendían jugar con la decaída imagen del Diego. Y talvez muchos rogaron que esta fuera una más de aquellas travesuras que circulan por la internet y las redes sociales pero no, esta vez iba en serio, no se trataba de un meme de mal gusto ni mucho menos. Al fin se comprobó lo que muchos se resistían a aceptar, que Maradona no era un dios, sino un ser humano más con un corazón que había dejado de latir ya.
Lo cierto es que el pelusa ya no está más con nosotros. Y esto sucedió lamentablemente antes de que pudiera pisar nuevamente un campo de fútbol profesional para dirigir de nuevo al Lobo en lo poco que quedaba de este ya infame 2020. Sin embargo, su presencia será eterna en el gramado, porque una figura como Diego siempre estará presente en cada terreno de juego, en cada canchita de tierra o potrero como le dicen en su tierra, pues Maradona es sinónimo de fútbol y el fútbol se volvió más que un deporte con él en la cancha.








